La OSY se gana nutridos aplausos con sus versiones

Con su música de variadas influencias y exóticos orígenes, dinámica mezcla, con sugerencias de praderas o rascacielos, los Estados Unidos de Norteamérica del siglo XX prevaleció, anteanoche, en el desarrollo del sexto concierto de la XXX temporada de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (OSY).

Piezas de expansivos humores, alegres o trágicos, muy significativas de Leonard Bernstein y Aaron Copland, judíos de Nueva York, se actualizaron en el escenario del Teatro Peón Contreras desde las expertas, precisas manos del director titular, maestro Juan Carlos Lómonaco.

En primer término, de aquella comedia musical que sacudió Broadway a fines de los años cincuenta con el nombre de “West Side Story” y más tarde pasara al cine con inusitado esplendor y ganancia de diez premios Óscar, escuchamos algunas de sus danzas esenciales en aplicación para concierto.

Dentro de una anécdota de recurrente fatalismo —Julieta, Romeo y sus antecedentes— el universo neoyorquino de Bernstein se centra en el mercurial devenir de aquellas pandillas con muchachos de diferentes razas y creencias, siempre condenadas a la enemistad. Ambiente en el cual aparece la pareja destinada a amarse sin medida y con un final infortunado.

Del encuadre melódico y las explosiones rítmicas de aquella comedia reconocimos —por la certera, lúcida versión del maestro Lomónaco— los temas de la puertorriqueña María y su pretendiente Tony, los arrebatos pandilleriles en las sucias calles de su enclave social y aquellas canciones en las que abunda la sátira despiadada de don Leonard contra el “sueño americano” (como el maltrato a los hispanos, por ejemplo).

En tiempo de allegro moderato, el Prólogo con ritmos truncados y contrastes de intensidad nos llevó a visualizar el danzar de los Tiburones y los Jets en sus respectivos espacios, sucios condominios y deslucidas canchas de básquetbol. Un dolor apenas contenido emana de “Somewhere”, melodía cuya vaga pesadumbre resume lo imposible que es el ideal de los amantes.

Las percusiones —tamboriles, xilófono, bongoes, claves— gobiernan muchos los momentos, pero en especial Mambo y Cha-cha, así como la textura contrapuntística lleva adelante “Cool” con sólidas intervenciones de batería y saxofón. Una flauta agónica atraviesa “Rumble” con el desgarrón del combate final y la muerte irremediable dando paso a un final de crepúsculo urbano inolvidable. El público brindó nutridos aplausos a la versión del maestro Lomónaco.

La Tercera Sinfonía

Una obra de gran calado ocupó la segunda parte: la Tercera Sinfonía de Copland, punto donde se fusionan el estilo “americano” propio de los ballets de don Aaron con la vieja estructura europea del género.

Estrenada en 1946, en esa expansiva y triunfante posguerra que enardeció los apetitos imperialistas de nuestro vecino del Norte, la sinfonía tiene nexos con aquella Fanfarria para el hombre común, escrita cuatro años atrás y con otros, entusiastas fines.

La pieza ostenta un hermoso preludio —moderato— en el que Copland utiliza el recurso de los motivos cortos y contrastantes que hacen avanzar el segmento entre la ternura y el entusiasmo, mitad en calma y mitad en vértigo.

Nuestra orquesta levantó ágilmente el segundo instante, un scherzo —alegro molto— con ritmicidad voluntariosa y plena de dinamismo, y atravesó desde una atinada dulzura ese Andantino en el que el cántico de la flauta encabeza una introspectiva búsqueda de sentidos.

El movimiento final —allegro risoluto— reconoce el épico llamado de la conocida Fanfarria, flor de energía sobre cuyos ecos retornan temas de los instantes precedentes. El maestro Lomónaco empleó la robustez de su experiencia en darle cuerpo y afirmar una briosa página. Repetidos aplausos fueron la recompensa para esta versión.— Jorge H. Álvarez Rendón

 

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