Mirada antropológica

Rodrigo Llanes Salazar (*)

“Pues coordinen caravana mexicana contra los centroamericanos y ármense con machetes, y que estalle la guerra, ya que a los que corresponde no hacen nada, pues que los ciudadanos mexicanos no se dejen, porque sino seremos pisoteados y puede ser que estemos a la orden de centroamericanos” (sic).

El anterior es un comentario en Facebook a la transmisión en vivo del Foro “Caravana de esperanza hondureña” organizado por Diario de Yucatán el pasado 31 de octubre. A ese comentario lo acompañan otros como “Fuera hondureños no son bienvenidos” o “En México no queremos gastar nuestros recursos en ustedes”.

Lamentablemente, las expresiones discriminatorias y de odio, ya sea xenofóbicas, racistas, clasistas o misóginas abundan en internet y cada vez más en el ámbito público. Muchas de ellas son entendidas a partir del concepto “discurso de odio”, el cual, si bien no es nuevo, parece que cobra un nuevo auge.

De hecho, existe ya una narrativa ampliamente difundida que da cuenta del crecimiento del discurso de odio en el mundo. Va más o menos así. La campaña electoral de Donald Trump en 2016 aprovechó el descontento existente en los Estados Unidos por los efectos de los procesos de desindustrialización, el éxodo de industrias antes emblemáticas como la automotriz a otros países, los efectos de la crisis financiera de 2008 —a pesar de las señales de recuperación económica en los últimos años—, la abismal desigualdad socioeconómica en dicho país, entre otros problemas.

Frente a los malestares y ansiedades de los estadounidenses, Trump abanderó un discurso contra las élites políticas de su país, así como un discurso de odio contra migrantes, musulmanes y mujeres. Para algunos analistas, si bien no hay una relación causal inmediata y directa entre los discursos de odio y los crímenes de odio, dichos discursos han hecho posibles el envío de artefactos explosivos a figuras políticas, así como violentas agresiones contra migrantes, población afrodescendiente y judía. En palabras del premio Nobel de Economía Paul Krugman: “Todos estos crímenes de odio parecen tener una clara conexión con el clima de paranoia y racismo que Donald Trump y sus aliados en el Congreso y en los medios fomenta deliberadamente” (“The New York Times”, 1-11-18).

Pero es claro que el discurso de odio no es un problema exclusivo de los Estados Unidos. La reciente película de Netflix “22 de julio” nos recuerda los terribles atentados de Noruega de 2011, en los que un adulto joven de extrema derecha masacró a 77 personas, acusándolos de “marxistas”, “liberales” e integrantes de la “elite”, denunciando también migración y multiculturalismo en su país.

En Birmania, militares de alto nivel usaron Facebook para difundir una campaña de odio contra los rohinyá, una minoría musulmana en ese país que, de acuerdo con Naciones Unidas, ha sido víctima de genocidio en los últimos años.

Desgraciadamente, los ejemplos abundan y diversos organismos de derechos humanos, como las relatorías especiales de Naciones Unidas sobre derechos de minorías y de promoción y protección del derecho a la libertad de opinión y de expresión, han advertido sobre el número creciente de dichas expresiones. Por lo tanto, vale la pena detenerse a analizar el problema de los discursos de odio.

En primer lugar, hay que precisar el significado del concepto “discurso de odio”. En su “Recomendación General No. 15 sobre Líneas de Actuación para combatir el discurso de odio”, la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia definen dicho fenómeno como “fomento, promoción o instigación, en cualquiera de sus formas, del odio, la humillación o el menosprecio de una persona o grupo de personas, así como el acoso, descrédito, difusión de estereotipos negativos, estigmatización o amenaza con respecto a dicha persona o grupo de personas y la justificación de esas manifestaciones por razones de ‘raza’, color, ascendencia, origen nacional o étnico, edad, discapacidad, lengua, religión o creencias, sexo, género, identidad de género, orientación sexual y otras características o condiciones personales”.

En segundo lugar, el problema del discurso del odio se ha planteado generalmente en relación con el derecho a la libertad de opinión y de expresión.

La acusada relación entre los discursos de odio y las nuevas tecnologías de información y comunicación han hecho más visible este problema.

Es común leer y escuchar en medios de comunicación y redes sociales que quienes pronuncian expresiones de odio, ya sea racistas, misóginas, homofóbicas o de otro tipo y son cuestionados por tales declaraciones, se quejen invocando sus derechos a la libertad de opinión y de expresión.

Cabe recordar que la Convención Americana sobre Derechos Humanos, adoptada en 1969 y de la cual el Estado Mexicano forma parte y está obligado a cumplirla, dispone en su Artículo 13, sobre “Libertad de pensamiento y de expresión”: “Estará prohibida por la ley toda propaganda en favor de la guerra y toda apología del odio nacional, racial o religioso que constituyan incitaciones a la violencia o cualquier otra acción legal similar contra cualquier persona o grupo de personas, por ningún motivo, inclusive los de raza, color, religión, idioma u origen nacional”.

Asimismo, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, como ha declarado el ministro Arturo Zaldívar, “ha establecido con toda claridad, que el lenguaje discriminatorio y los discursos de odio no encuentran protección constitucional”.

Si resulta claro que el derecho a la libertad de opinión y expresión no da cabida al discurso del odio, ¿qué hacer frente a la proliferación de expresiones de odio en Facebook, WhatsApp, Twitter y otras redes sociales y medios de comunicación? Primero habría que entender cómo dichos medios, que apenas en 2010 y 2011 eran considerados herramientas de transformación social democrática, se han convertido en amenazas no solo a la democracia, sino que, como ha declarado Tim Cook, director ejecutivo de Apple, también “pueden amplificar nuestras peores tendencias humanas”.

El fenómeno es complejo. Es claro que políticos y empresas difunden intencionalmente mensajes de odio, muchos de ellos “noticias falsas”, por medio de páginas como Facebook y WhatsApp, los cuales son a su vez difundidos masivamente por sus seguidores así como por miles e incluso millones de cuentas falsas. Empresas como Devumi han vendido millones de cuentas automáticas o falsas en los últimos años y se estima que el año pasado Facebook tenía por lo menos 60 millones de cuentas automatizadas (“The New York Times”, 27-1-18).

Estos usuarios, reales o falsos, divulgan rumores y comentarios de odio que buscan provocar y polarizar aún más a una sociedad ya polarizada. Una investigación en Sri Lanka ha señalado que las publicaciones que movilizan emociones negativas básicas como el miedo y el enojo son las que generan más interacción en redes como Facebook: obtienen más “Me gusta”, son más comentadas y compartidas, por lo que descargan más dopamina y estimulan a los usuarios a publicar más contenido de esa clase. Todo esto contribuye a generar más enojo y miedo (“NYT”, 30-4-18).

¿Qué hacer frente a dicho escenario? Ha sido documentado cómo Facebook y WhatsApp se han visto rebasadas en su guerra contra la divulgación de expresiones de odio y noticias falsas, a pesar de las medidas que han tomado como los verificadores de datos y los filtros de contenido.

La corrección política o el abstenerse de publicar expresiones de odio no es una solución de largo plazo. Tampoco lo es la censura, la cual puede resultar un arma de doble filo. De hecho, es común que quienes pronuncian expresiones de odio se vean más motivados a hacerlo para ir contra lo políticamente correcto o la censura.

Organismos de derechos humanos y de combate a la discriminación han apuntado que la mejor solución son las políticas públicas que aborden el problema de manera integral. Desde luego, hay que atender problemas de fondo, como la desigualdad, la corrupción y la impunidad.

Pero como ha observado Krugman, la ira y el odio no solo provienen del malestar económico, sino también del miedo a perder el estatus (“NYT”, 4-10-18). El temor no es solo hacia el migrante o refugiado que presuntamente nos quitará empleos o hará nuestra ciudad más insegura, sino también hacia las mujeres que ahora desempeñan trabajos que antes solo eran de hombres; a los indígenas que exigen ser consultados y decidir sobre las medidas que les afectan; o a gays, lesbianas, transgénero o transexuales que, como cualquier otra familia, quieren casarse y tener hijos.

Por ello es fundamental que desde la educación básica se fortalezca el humanismo, los valores de la paz, tolerancia, empatía y respeto de las personas diferentes a nosotros. Ningún verificador de noticias o filtro de contenidos será mejor que el pensamiento crítico que pueda discernir entre información y conocimiento sustentado empíricamente, con rigor argumentativo y lógico, por un lado, y noticias falsas, teorías de conspiración y otros contenidos chatarra que circulan por medio de memes, infografías, vídeos en redes sociales.

No debemos esperar a la llegada de un Donald Trump o un Jair Bolsonaro a México para comenzar a preocuparnos por las consecuencias de los discursos de odio. El racismo y clasismo contra indígenas y pobres, la xenofobia contra migrantes, la misoginia y las diversas formas de homofobia forman parte de la actual crisis de violencia que sufre nuestro país.— Mérida, Yucatán.

rodrigo.llanes.s@gmail.com

@RodLlanes

Investigador del Cephcis-UNAM

 

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