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Un ingrediente inesperado

LA HABANA (Por Valentina Boeta Madera, enviada especial del “Diario”).— La jornada sabatina del Festival Internacional de Ballet de La Habana terminó bien y de buenas con la presentación del Ballet Nacional de Cuba, en el cierre del programa en el Gran Teatro de la ciudad, de “La flauta mágica”, la comedia en un acto de Alicia Alonso inspirada en la homónima de Lev Ivanov, con música de Riccardo Drigo.

A la comicidad que el guión ya concede a los personajes del Marqués (Yansiel Pujada) y su lacayo (Diego Tápanes), en la función se sumó el humor producido por un imprevisto: el lanzamiento de uno de los zapatos del primero con mayor fuerza de lo establecido y su caída en el foso de la orquesta.

En el saludo final, cuando el director de los músicos, Giovanni Duarte, salió a agradecer los aplausos, lo hizo con el calzado recuperado en mano, que entregó a Pujada en medio de las risas del público.

“La flauta mágica” fue además motivo de regocijo por las actuaciones de Rafael Quenedit, impactante en sus saltos como el dios Oberón, y de la pareja protagonista, formada por Ginett Moncho y Adrián Sánchez, pulcros y bien compenetrados en los duetos.

La primera parte del programa combinó obras clásicas y modernas y contó con la presencia de una invitada de excepción: María Kochetkova, quien abrió la noche al lado de Joaquín de Luz con el pas de deux del segundo acto de “Giselle” y más adelante regresó al escenario con Sebastian Kloborg en “At the End of the Day”. Ésta es una coreografía introspectiva de David Dawson que, reforzada por la luz tenue y el vestuario monocromático, transmite un cúmulo de sensaciones como las que en efecto reposan al final del día.

Otros bailarines

También actuaron Rasta Thomas con “Phrases”, de Roger C. Jeffrey, la comprobación de que el bailarín es capaz de dotar de sentimiento incluso a ciertas acrobacias; la venezolana Karina González y el cubano Carlos Quenedit, ambos del Houston Ballet, en la versión de “Romeo y Julieta” de Stanton Welch que muestra a la joven Capuleto como juguetona y vivaz; Dayesi Torriente y Arian Molina, del Pennsylvannia Ballet, en “Volver”, más cerca del neoclásico que del tango que la pareja propone recrear con la música de Astor Piazzolla, e integrantes de la compañía anfitriona en el estreno “La forma del rojo”, de Ely Regina, una oportunidad —aunque no con los mejores resultados— de que los artistas cubanos aborden la danza moderna.

Previo a la función en el Gran Teatro se realizó nueva presentación de “Giselle” en la sala Avellaneda del Teatro Nacional de Cuba. Esta vez el ballet cubano acogió en los papeles principales a Hee Seo y Cory Stearns, ambos del American Ballet Theatre.

La bailarina coreana fue una aldeana delicada y candorosa y en el segundo acto se apropió de la naturaleza espiritual de su personaje para dar a sus movimientos la apariencia de ingravidez, como corresponde a la naturaleza de un ánima.

Ella y Cory, aunque toda corrección en su desempeño, delataban su extranjería, pues, arropados por una compañía que tiene una sazón diferente de aquélla a la que los dos pertenecen, su actuación —que mezcló la versión del ABT con la de la agrupación local— estuvo menos condimentada que la del resto de artistas, entre los que figuró Javier Torres, ahora en el Northern Ballet, en el papel de Hilarión.

La última función prevista de “Dionisio, la vid… y mil noches”, con la compañía de Rafael Amargo en el Teatro Martí, fue cancelada por problemas de salud del bailarín, según trascendió.

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